EL PROPOSITO
CAPITULO XXI
Hoy me he acodado de cuando estábamos en casa de tus padres y tu hermano por poco nos pilla, te acuerdas? Nos pusimos rojos de la vergüenza y luego no podíamos parar de reírnos de los nervios que nos habían entrado. Cuando me acuerdo de estas cosas sonrió, sí, voy por la calle y sonrió sola, la gente pensara que estoy mal de la cabeza pero no me importa; nunca me ha importado mucho el qué dirán, eso me gusta.
Lo malo es que después de reírme recapacito y me digo a mi misma que tengo prohibido recordarte, pero es que me sale sin querer, luego hago un esfuerzo y te hago desaparecer y así hasta que ya casi no te pienso. De eso se trata… ese es el propósito, maldito propósito!
Cuando nos dimos cuenta que ya no podríamos estar juntos durante mucho tiempo mas, decidí dar el primer paso, retome contactos que tenia olvidados y conseguí que Ramón se apiadara de mi y me prestara una habitación por algunos días, solo de mientras. Una de las ventajas o inconvenientes de ir a casa de Ramón era que vivía con tres inquilinos mas, no sabía si se iban a tomar muy bien que una desconocida se infiltrase en un departamento que pagaban entre todos.
Aquel día empaquete mis cosas y espere a que vinieran a recogerme, en el piso de Ramón se habían ofrecido muy amablemente, lo que pensé era un buen comienzo.
Los espere en las escaleras del portal, cuando llegaron no sabía si debía montarme en aquel coche con olor a humanidad y donde apenas cabía. Como pude eche mis cosas al maletero, di las gracias por el favor y me deje querer en los asientos de atrás, y pensé… que sea lo que sea.
Así comenzó una nueva aventura, yo y cuatro universitarios veteranos.
No me costó llevarme bien con todos, cuanto mas me reía de ellos mas me querían. Laura y Juan eran pareja y normalmente hacían vida en su habitación, por lo que durante la semana solo tenía que lidiar con Ramón y Arnold un austriaco que venía de intercambio y que se pasaba el día viendo la tele y películas españolas porque decía que así aprendería mas rápido el idioma.
No sé cuantas veces vi las películas de Celia solo para no estar sola, y reírme de Arnold cuando intentaba memorizarse palabras que solo usan nuestras abuelas.
Tenían por costumbre hacer picnics en el comedor los sábados por la tarde (una buena forma de conocernos mas). Nos podíamos tirar toda la tarde jugando a las cartas y apostando masajes que con el tiempo se intercambiaban por los turnos de fregar platos.
A lo mejor fui cruel, me abandone y te abandone, desconecte mi móvil y solo sabía que me echabas de menos cuando por las noches antes de irme de dormir lo encendía y veía tus llamadas, no comenzaste a llamarme hasta que no hubieron pasado dos semanas, yo lo hubiera hecho antes si mi orgullo no me lo hubiera impedido.
No empezamos a hablar hasta el mes, yo me moría por verte, por volver y estar a tu lado, acurrucarnos en el sofá mientras el documental de la 2 los domingos. Pero los dos sabíamos que necesitábamos mas tiempo.
La verdad no tengo malos recuerdos de aquellos días, los amigos de Ramón resultaron ser estupendos y aun me veo con alguno de ellos menos con Arnold que se volvió a su país diciendo cosas como “Que te pego, leches!”
Lo que se suponía que tenía que ser dos semanas se convirtió en dos meses aunque se pasaron tan deprisa que no lo parecía. Fue hasta el día en que te armaste de valor y me dijiste que volviera, que me necesitabas, que tú y tu cama me echaban de menos, que los tulipanes amarillos que tenía en la maceta de la ventana se estaban marchitando y que se me notaba que yo también lo estaba deseando.
No llevo la cuenta de todas las veces que después de esa primera vez dejamos de vernos para después volver.
Se que en un par de ocasiones me prometiste una vida a tu lado, solo hacía falta que yo lo dejara todo… nunca me atreví.
No fue por desamor fue por aburrimiento, por eso nos dejamos, por eso me dejaste, tú querías dar un paso mas y yo no llegaba ni a medio.
Aun así, yo te amo y tu ya no me llamas.
*Pic. Nicoletta Ceccoli
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